A los cuarenta y dos años, los libros ya mostraban que el taller no podía seguir funcionando sin cambios. Aldren aún consideraba que adaptarse era traicionar el oficio. Solo cuando se marchó el último aprendiz y la lámpara de la puerta se apagó antes de la hora de cierre, el coste de aquella certeza se volvió tangible.
Esa noche anotó, en orden, cada señal que había pasado por alto. Años después, cuando alguien le plantea una decisión difícil, Aldren pregunta primero qué ha sucedido ya, qué coste todavía puede asumirse y qué puede comprobar de verdad el siguiente paso. No es prudencia por la prudencia: es negarse a confundir la resistencia con la única forma de valentía.
