Bruno llevaba un restaurante de veinticuatro plazas con su vieja amiga Nora. Cuando pensaron en abrir un día más, Nora y el equipo dijeron que estaban agotados. Él preparó mejores comidas, cubrió más turnos y siguió diciendo que solo había que aguantar un poco. Nora dejó el negocio, varios empleados se marcharon y el restaurante cerró durante unos meses.
Cuando volvió a abrir, el menú era más corto y había menos mesas. Bruno todavía quiere actuar en cuanto ve un problema, pero ahora intenta distinguir entre quien busca una solución y quien apenas ha encontrado el valor para terminar de hablar. Tras el restaurante queda una sala vacía donde quiere poner una mesa larga para una cena semanal asequible, sin construir algo que dependa de que él se agote.
